17 años con la misma pareja teniendo menos de 40 años es como haber estado prácticamente toda la vida con la misma persona. Y de repente un día te das cuenta de que la cosa no funciona, de que sois más amigos que comparten piso y niños que una pareja de verdad. Te das cuenta de que hace ya mucho tiempo que se ha perdido la magia y la complicidad. Y resolvemos divorciarnos de mutuo acuerdo por el bien de los niños. Hasta aquí todo bien, ¿no?
Pero claro, después de tantos años tienes que volver al mundo laboral, a poder compaginar la casa con los niños y el trabajo, aunque pronto te vas adaptando y de repente te encuentras con que tienes tiempo para ti, para hacer lo que siempre has querido, lo que siempre te ha gustado pero no has tenido nunca tiempo de hacerlo porque estabas más centrada en atender la casa, el marido y los niños que atenderte a ti misma. Quizás lo más duro es darte cuenta de que no sabes realmente qué es lo que te gusta. Has estado tantos años centrada en los demás, haciendo lo que a los demás les gustaba, que ya no sabes si te gusta más ir a la playa o a la montaña.
Y por si fuera poco, te encuentras muchas veces con una soledad que hacía mucho que no tenías. Y no sabes si esa soledad te llega a gustar o no. Y empiezas a conocer gente y a salir con hombres sin estar segura de si lo estás haciendo porque realmente te gustan o porque no quieres estar y acabar sola. Suena duro, lo sé, pero así es como a veces me he sentido yo. Los amigos en común ya no son tan amigos, y el tiempo que dedicabas a tu pareja e hijos ya te pertenece en su totalidad.
Así he estado yo durante estos dos últimos años y estoy segura de que muchas de vosotras se sentirán identificadas con mi situación. Pasas a ser soltera, pero sin amigos, o con pocos amigos que tienen pareja y familia y no tienen el mismo tiempo que tú. Pasas a tener tiempo para ti, pero a veces no encuentras con quién compartir ese tiempo. Y al principio tienes que aprender a estar sola contigo misma. Es el momento de aprender más sobre ti, sobre lo que te gusta y sobre lo que no te gusta, a reprender nuevas aficiones que habían estado olvidadas por falta de tiempo, a cuidarte un poco más porque puedes dedicarte tiempo para darte un baño relajante, ponerte cremas, hacer deporte, etc...
Y tienes alguna relación que otra, conoces a gente. Algunos te hacen daño, y a otros les haces tú daño. Y de cada relación y cada persona que conoces aprendes algo nuevo, errores que no quieres volver a repetir. En definitiva, maduras.
Y el día que te decides a pasar tiempo sola, a dedicarte a ti misma y a tu familia y amigos, un día sencillamente aparece en tu vida una persona que conocías desde hace años pero a la que nunca le habías dedicado mucho tiempo, nunca la habías llegado a conocer. Y empiezas a descubrir cosas de esa persona que te van sorprendiendo (no sé a vosotras, pero a mi me encanta que me sorprendan). Tenías una idea de esa persona que ha resultado ser errónea, y os conocéis un poco más personalmente. Y te va gustando lo que descubres. Y te das cuenta de que estás muy a gusto con él, que os divertís, que tenéis más cosas en común de lo que pensabas en un principio, y sobre todo que te aporta mucho (con lo de aportar me refiero a que te da consejos buenos, no te juzga, te valora, te tranquiliza su presencia). Y yo no sé vosotras, pero cuando me ha pasado esto me he puesto a pensar.
Porque sí, lo habéis adivinado, me ha pasado. He descubierto a una persona nueva en un amigo que conocía desde hacía más de 10 años. He descubierto lo que es que pasen las horas sin darme cuenta, lo que son las conversaciones interminables, el pensar en él más de la cuenta. Y en ese momento me di cuenta de que me gustaba pero me surgieron dudas sobre si yo también le gustaría a él. Os prometo que yo o quería nada con él. Simplemente un día le pregunté si le apetecía salir a cenar, me dijo que sí, y fuimos a cenar con su hija. Y luego fuimos a su casa a tomar algo y las horas pasaron.
Ese primer día de charlas, tuvimos varias confidencias. La verdad es que entre nosotros siempre ha habido buen rollo, hemos tenido confianza, pero no habíamos tenido ocasión de hablar de nosotros como personas, de nuestras intimidades. Tres días más tarde, me fui con mis hijos a comprar un termo y pensé en irme después a cenar con ellos. Así que pensé en decirle si se quería venir con nosotros, porque sabía que estaría solo. Y se vino, y la verdad es que lo pasamos bien. Más tarde, coincidiendo que había partido de la selección española, le propuse venir a ver el partido en mi casa con mis hijos. Y así poco a poco, sin darnos cuenta, fuimos quedando bien con mis hijos, bien con su hija.
También nos fuimos a tomar helados, o me decía de quedarse con uno de mis hijos mientras yo llevaba al otro a alguna reunión. Y llegó un momento en el que yo no tenía niños, y él tampoco tenía. Y le dije que si quería que hiciéramos una noche mejicana en mi casa, con unas fajitas y luego nos tomábamos unos mojitos. A todo eso, las llamadas de teléfono eran más constantes, casi diarias para saber cómo había ido nuestro día a día. Y ese día me dijo que en vez de hacer algo en casa, si quedábamos por la tarde y nos íbamos a cenar los dos solos, sin niños. Creo que era la primera vez que lo hacíamos. Y sinceramente, estuvo muy bien, fue todo un caballero y no paramos de hablar en todo momento.
Y dos días después yo quise hacer unos platos típicos de mi localidad, y le dije que si le apetecía venir a mi casa con su hija. Pero no tenía a su hija, y vino solo. Primero nos fuimos a tomar algo fuera de casa y luego fuimos a casa a cenar. Como hacía buen tiempo, cenamos en mi terraza y como siempre el tiempo pasó demasiado rápido, compartimos intimidades, nos fuimos conociendo más y nos hacíamos cada vez preguntas más personales. Es día me di cuenta de que me gustaba de verdad, pero teníamos un nivel de confianza tan grande, que yo no quería hacer nada que pudiera estropear nuestra amistad. Para mi sorpresa, después de darnos un abrazo al despedirnos, le acompañé al ascensor, y allí mismo se bajó la mascarilla, me besó en los labios y se marchó, no sin antes guiñarme un ojo y dejándome con un mar de dudas porque no sabía qué había pasado o qué significaba ese beso.
Así que contadme vuestras propias experiencias. ¿Alguna vez os ha pasado algo parecido con un amigo, alguien a quien conocíais desde hacía años y de repente cambiasteis vuestra forma de mirarlo? ¿Qué pasó? En la próxima entrada seguiré contando qué me ha ido pasando a mi con este hombre que me está volviendo el mundo del revés. Quedo a la espera de vuestros comentarios